
El transporte ferroviario público debería ser un servicio estratégico vital para vertebrar el territorio, sostener su actividad socioeconómica y reducir las emisiones de carbono. El debate sobre esta cuestión en Navarra apenas ha existido, habiendo quedado reducido al TAV sí o sí.
El pasado 18 de diciembre el Ministerio de Transportes anunció el estudio Informativo para la construcción del TAV entre Iruña y Altsasu. Una obra con severos impactos y un coste previsto que superará los 800 millones de euros no ha despertado gran discusión entre la clase política navarra. Vuelve a repetirse lo ocurrido en anteriores tramos. Pero llama aún más la atención, cuando al calor de los dolorosos accidentes ferroviarios en Adamuz y en Gelida (Barcelona) y sin ánimo de manipularlo, han aflorado datos y límites del modelo ferroviario actual lo suficientemente graves cómo para preguntarnos: ¿De verdad necesitamos construir trenes que no son sostenibles social y económicamente? ¿Cuáles deberían ser las prioridades y qué podríamos hacer en favor de ellas?
Desde hace años, diversos estudios en ámbitos universitarios nos advertían de la ineficiencia económica, social y medio ambiental de la alta velocidad. Dada la ausencia de rentabilidad financiera, la sociedad nunca recuperaría el dinero público invertido y ADIF se endeudaría de forma galopante. Socialmente, sería una minoría residente en grandes núcleos urbanos la que se beneficiaría de los servicios del TAV, mientras que profundizaría el deterioro progresivo de la red ferroviaria de cercanías. Por último, y atendiendo a la contabilidad de emisiones asociadas a la construcción, mantenimiento y población beneficiada por el TAV, su balance ambiental es bastante pobre, haciéndonos perder un tiempo que no tenemos en la transición ecológica del transporte.
Y todos aquellos anuncios se están viendo corroborados con los datos que vamos conociendo estos días. El AVE es una ruina económica. La deuda acumulada de ADIF asciende a 25.000 millones de euros. Hasta la fecha se han gastado 57.000 millones de euros en el estado español para construir 3.993 km: cada km cuesta 16 millones de euros y su mantenimiento anual es de 120.000 euros. Sin olvidar los sobrecostos: el último conocido es el de la «Y vasca» que acumula ya 2.200 millones y 20 años de retraso. La locura de inaugurar líneas sin sentido provoca que el 85% del presupuesto para la Alta Velocidad se gaste en su construcción frente al 15% en mantenimiento, cuando lo suyo sería un reparto a medias.
Este despliegue caótico del TAV está provocando gravísimos impactos, siendo las clases populares las más perjudicadas. Mientras el AVE lo utiliza apenas el 5% del total de personas viajeras, el 90% lo hace el de Cercanías. Sin embargo, la inversión en el AVE es 15 veces superior a la de Cercanías. Y eso se paga caro como lo vienen denunciando los sindicatos ferroviarios: falta de personal, retrasos y supresiones de servicios, falta de confort en los trenes, accidentes, cierres de estaciones rurales, desmantelamiento de las bases de mantenimiento, privatizaciones, … Esta situación poco tiene de calidad, justicia y redistribución social.
Y, por último, el AVE no está sirviendo para sacar vehículos de la carretera. A pesar de tantos km construidos, el transporte de mercancías por ferrocarril sigue siendo muy escaso: representa entre el 4-5% de transporte de mercancías mientras que en Europa están en el 30%. Sin olvidar, la artificialización, cementación y destrucción del territorio: túneles y viaductos que fragmentan ecosistemas y destrozan el paisaje agrario.
Todos estos datos y más deberían servir para cuestionar la idoneidad de lo que se está haciendo en Navarra en materia ferroviaria, de rectificar y promover un modelo ferroviario más racional en lo económico, más eficaz en lo social y más ventajoso en lo ambiental. Anuncien lo que anuncien los gobiernos, seguir con la obra del TAV en Navarra significará seguir acumulando años de retrasos y sobrecostes, siguiendo la senda de la ”Y vasca”.
El Estado no cuenta con la capacidad económica para responder de forma rápida y simultánea a los compromisos de construcción adquiridos, a la vez que a afrontar las necesidades de mantenimiento y calidad de los servicios más demandados por la ciudadanía. Ni en Navarra ni en el conjunto del Estado. Pero este empecinamiento agónico en seguir con las obras al ralentí, lo pagaremos colectivamente y durante años: el deterioro progresivo del servicio ferroviario, el retraso sine die de la mejora y apertura de nuevos servicios y apeaderos en pueblos que permitan la movilidad alternativa al vehículo privado, el no aumento del transporte de mercancías, y el gasto innecesario en unas obras que lastrará la inversión en los servicios públicos frente al aumento de las necesidades sociales.
A pesar de tantas razones para revertir esta situación, se percibe resignación o un aire de que el pescado está ya vendido. La maquinaria publicitaria del Gobierno de España se encarga de ello anunciando gastos de récord en la ejecución de obras, aunque apenas sea un 15% del total. Otro elemento de desánimo es comprobar la conexión y colaboración entre el Gobierno de Navarra y la Plataforma proTAV para legitimar socialmente la alta velocidad. O la desaparición del TAV de la agenda de las fuerzas políticas, que ponen sordina a su postura contraria, evitando el enfrentamiento público en favor de sus pactos, y provocando un efecto desmovilizador.
Sin embargo, no queda otra. No podemos quedarnos impasibles ante una infraestructura que va a hipotecar nuestro futuro. La única alternativa del TAV es su paralización y no construcción. No hay margen para su mejora. El modelo de la Alta Velocidad está en crisis y está provocando la crisis de la red ferroviaria.
Es necesario reivindicar claramente el “STOP TAV”. Para poder conseguir un servicio de transporte ferroviario público, de calidad, ecológico, en manos de quienes lo utilizan y trabajan en él, seguro y que responda a las prioridades sociales mejorando la red actual. Si no lo hacemos con determinación y si no somos capaces de visibilizar el rechazo mayoritario del TAV a todos los niveles y de forma sostenida en el tiempo, el TAV será una losa para el futuro, en el que además ya no tendremos ni siquiera un tren social adecuado para todas y para todo.
Artículo de opinión firmado por Pablo Lorente Zapatería y Jule Goñi Montero, miembros de la fundación Sustrai Erakuntza.
